Viví con Muniaca toda una vida. Nuestra relación era particularmente extraña, pero no piensen que dedicaré estas líneas a esa “extrañeza”; la empresa que se dedica a tales pérdidas de tiempo se llama literatura, y yo me hago ajeno a ese mundo.
Ella era linda, tenía unos senos indescriptibles, ojos negros sin acabar, piel bronceada, pero blanca, y pelo negro. Además de su belleza no tenía ninguna otra virtud. Bueno, debo reconocer que le gustaba estar a solas y llorar, cosa que para mí resultaba un acto poético maravilloso; pero tampoco era para tanto. Ella creía de mí un ser superior, maravilloso; qué equivocada estaba. Supongo que ambos nos admirábamos profundamente. Yo con mi inteligencia, mis comentarios profundos y delicados, y ella con su pelo, su pelo negro y sus uñas bien limadas. Era una compenetración de bellezas perfecta. Nuestras virtudes constantemente participaban de un abrazo exquisito y que sólo dejaba fluir por la casa un bienestar espléndido y refrescante.
¿Por qué nos odiábamos? Bueno, por supuesto porque nos amábamos (el odio/amor es simplemente el nivel más logrado de un sentimiento. Lo que aquí pretendo señalar es porque era Odio, en lugar de Amor). Nos odiábamos por una única razón: Estábamos enamorados del mismo Objeto. Eso. Grandes doctores, al escuchar lo que digo, dictarían de inmediato una enfermedad mental grave. El problema (concebirán los doctores) es que este Objeto era único en el mundo y, además, sólo un (1) par de manos (manos, dedos, uñas) podían poseerlo. No va a al caso que les diga que Objeto era este, entenderán. Decirles sería solamente agregarle un condimente a este delicioso plato, y es un condimento que ahora considero grotesco. Lo que sí podría agregar es que era un Objeto físico palpable; me parece importante agregar esto, pues ni Muniaca ni yo tolerábamos esos juegos espirituales, relacionados con el alma y los inciensos. No, el Objeto era palpable, y no sólo eso, también era pequeño, fácil de esconder y difícil de construir. Lo amábamos pues misteriosamente a ojos del mundo aquel Objeto prescindía de importancia — ¡Oh Dios mío, a qué miserable destino has llevado la consciencia de los hombres!—, por tanto que sólo nosotros dos éramos los únicos apreciadores de su infinito arte.
¡Qué cosa más magnifica, dirán ustedes, que solamente dos personas tuvieran el privilegio de conocer Objeto de tan alto valor! pero lo cierto es que en esta instancia, dos personas era lo mismo que tres millones de ellas, es decir, un infierno. Lo bueno, debo admitir, de que por lo menos Muniaca conociera y entendiera la existencia del Objeto, era que me confirmaba que no estaba loco (La locura exige la individualidad).
Otra gracia particular que tenía este objeto, era su dudoso origen. Con Muniaca nunca comprendimos si procedía por obra de la naturaleza o por mano de algún hombre (o por mano de anda-a-saber-tú). Nos cautivaba enormemente su delicia, pero también es cierto que nos llevaba a límites en que el miedo nos abrazaba en forma perversa. Era, entonces, el juego de quién resistía más la tortura del miedo. Recuerdo, por ejemplo, aquellas largas sesiones de meditación, en donde el último en caer desmayado, aprovechaba el tiempo para guardar el Objeto en algún compartimiento secreto que celosamente había seleccionado con anterioridad. Recuerdo que eran terribles aquellos días en que debíamos competir por conseguirlo. Todo lo divino del Objeto era a su vez demoníaco cuando dos personas interferían en él. ¡Oh, pero qué maravilla, queridos lectores sedientos, era cuando yo obtenía el jugoso premio! ¡Qué felicidad más fecunda y espectacular! Ah, ustedes se sofocarían de lo maravilloso que se tornaba mi existencia cuando sostenía el Objeto en mis brazos. Toda la poesía del mundo recaía sobre mí, dentro de mí, desde dentro de mí. Desconozco si era el mismo efecto en Muniaca. A veces, por su mirada un tanto divergente a la mía, yo sospechaba que sus fines eran, ciertamente, otros. Sí, era muy probable que las experiencias fueran muy distintas, y creo que ella sospechaba lo mismo. Sin embargo, si de algo estoy seguro es que a pesar de que probablemente queríamos al Objeto bajo circunstancias distintas, ninguno amaba más al Objeto que el otro; y esto ustedes lo comprobarían si es que por una vez observaran todas las torturas que estábamos dispuestos a pasar con tal de obtenerlo.
En los tiempos en que yo era el único e irrefutable afortunado, bajaba las escaleras con mi Objeto bajo el brazo (cuando era yo el ganador, se entiende) y entonces allí se ponía ella, sentada en la mesa, mirando a través de la ventana, cuando en verdad miraba el Objeto que yo contenía y abrazaba, con una envidia terrible que se iba dibujando en su cara y en sus ojos y carnes, y entonces sus manos con uñas sin limar (porque se volvía irresponsable si es que ella no tenía el objeto) empezaban a tomar posiciones diabólicas, sus ojos permutaban a un color amarillo, lista para matarme y sacarme el Objeto debajo del brazo no sin antes haberme reventado las vísceras, y de repente... ¡la risa! Como una bomba de hidrógeno que se arrepiente a medio camino, como una broma de muy buen gusto. Cuando esto sucedía, cambiaba de inmediato la esencia de la casa, que hasta esos segundos había sido una esencia de tiniebla tétrica, llena de silencios ensordecedores. Salían ahora tambores y trompetas, ritmos amarillos, vaya a saber de qué tiempo. Y sucedía exactamente lo mismo cuando era ella la afortunada. Recuerdo que Muniaca subía las escaleras con el Objeto sobre su cabeza (Cuando era ella la ganadora, se entiende), caminando con los ojos hacia arriba y su sonrisa burlona. De un segundo a otro, yo, me llenaba de una angustia y envidia ilimitada. Me ponía lentamente las manos alrededor del cinturón, sacando levemente la lengua entre los labios, con mucha parsimonia, juntando los parpados hasta casi formar una línea recta, dispuesto a que con un movimiento rápido sacara el cinturón y le diera de golpes en la cabeza con la parte de hierro, hasta dejarla muerta, o por lo menos hasta dejar muerta mi angustia… ¡Ah!, queridos lectores, pero qué incomodidad cuando de un segundo a otro esa maldad imperdonable se veía extinguida por esa fuerza misteriosa y ¡Crush! Explosión de risa. Se preguntarán ustedes que tipo de broma es esta que les cuento, pero les ruego que piensen y recapaciten, que ahora narraré la parte fundamental.
CONTINÚA.

